Sufrir acoso escolar es mundo que se vive en silencio. Se incrementa la llegar a casa ya que las pesadillas no terminan al salir de clases.

Ahora continua con las redes sociales a toda hora.


El caso de Lucía en Córdoba en España, sería la punta del iceberg de millones más que ocurren en los pasillos de los centros.

Añadir una condición de neurodivergencia a las víctimas en estos casos es incrementar aun más las perspectivas de acoso a esta ecuación.


Mensajes de burla, golpes e incluso vejaciones son el pan nuestro de cada día para muchos jóvenes que solo desean vivir libres de amenazas ni críticas.


En condición de quien ha experimentado lo citado anteriormente y además cuidador de un menor divergente, puedo dar fe que, vivir cada día evitando sufrir acoso es un alivio para mentes acostumbradas al dolor y la vejación.


Si tan solo respetáramos el espacio y el derecho de nuestros semejantes a expresarse y/o comunicarse manteniendo

esto como un acto sin ecuanimidad; haríamos de nuestros compañeros, amigo e incluso familiares seres más felices donde desarrollarse.



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