No cabe duda que aunque seas creyente o no, para estas fechas entre reuniones familiares y/o viajes por vacaciones la reflexión llama a nuestra puerta. Vivimos sumergidos en una voragine de notificaciones y mensajes, nuestras percepciones van al límite cuando de realizar tareas se trata y más, si te encuentras en una gran ciudad. Pensar es un lujo escaso y ni siquiera eso lo percibimos como un bien común. Mantenernos alejados de nuestros aparatos móviles sería una locura, ya que estamos enganchados cual niño a un caramelo que no termina nunca de saborearlo. Las pantallas nos mantienen aletargados y sumidos en un infinito bucle que nos consume y no deseamos dejarlo. Sentarse a meditar y escribir con paciencia, se ha vuelto cual ejercicio olímpico, ya que la inmediatez ha ceñido nuestros caminos. Solo deseamos consumir y ser consumidos, esa es la verdad.